Miguel Savage: Aprender a vivir por sobrevivir

Escrito por equipo de redacción
Miguel Savage: Aprender a vivir por sobrevivir

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Creo que hay tres formas de enfrentar situaciones de gran sufrimiento: tapar todo, victimizarse y hacer como hacen las ostras: abrazan la herida y la transforman en perla.

— Miguel Savage

Hace 30 años, en 1982, Inglaterra y Argentina se enfrentaban durante dos meses y medio en una guerra en las Islas Malvinas. Miguel Savage entonces tenía 19 años y cumplía con el Servicio militar obligatorio del país sudamericano -el régimen fue abolido en 1994-. Sin saber siquiera manejar un arma, de la noche a la mañana se vio en un pozo, lejos de casa, en una guerra. Miguel es un sobreviviente que tiene una historia que contar, y en primera persona.

¿Qué te viene a la cabeza de aquel día en el que entraste a la granja kelper?

La hipotermia y la desnutrición. Teníamos seis (soldados) que, por la desesperación, para ser evacuados, se pegaron tiros en los pies. Y cuatro más que murieron por pisar una mina propia (argentina) escapándose para robar comida. En ese marco me mandaron con cinco soldados y un sargento a una casita que estaba del otro lado del río Murrell, la misión era revisar el lugar. Sabíamos que nos estábamos metiendo en las líneas inglesas: ya estaban ahí listos para atacarnos. Pasamos como patos en una laguna llena de cazadores, frente a ellos. No nos tiraron para no revelar su factor sorpresa; me enteré años más tarde.

¿Sabías inglés?

Sí, hablaba inglés de muy chico. Por eso me mandaron, me enviaron de intérprete. La misión era hablar con los isleños, si había la idea era persuadirlos para revisar la casa y si se resistían, combatir. Rodeamos la casa y lo que pensaba era qué me iba a llevar de comida y de abrigo. No en el peligro. Fui el primero en entrar, a los gritos, pedía, en inglés, que si había alguien que por favor saliera. Cuando vi que no había nadie me relajé y empecé a sentir una conexión con el lugar. Empecé a sentir olores que parecían familiares. La vista por la ventana era alucinante, el río que fluía hacia al pueblo, ajeno a la guerra. Pensaba que era el último lugar que imaginaría en medio de una guerra. A la vez estaba desesperado por sacarme la ropa mojada. Me llamó la atención un pulóver inglés lindísimo que encontré en una cómoda. Me lo puse y sentí el olor a limpio, a perfume, a casa. Venía de un pozo maloliente, congelado. Me levantó la dignidad humana. Me saqué la ropa y me puse ese pulóver y me sentí más fuerte. Me alimenté con desesperación: comí dos panes de manteca. Como un perro. Empecé a sentir cosas. Como una presencia, como que había alguien dentro de esa casa que me estaba diciendo “Ya falta poco, Miguel; vas a volver, vas a vivir”. Esto fue el 5 o 6 de junio y el 14 fue la rendición. Tenía la idea de algún día de volver. Mira lo que era: ya estaba proyectando que iba a volver.

Mucha gente huye de las cosas no gratas, tú la recuerdas, la haces presente. ¿Qué ejercicio hay ahí?

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Creo que hay tres formas de enfrentar situaciones de gran sufrimiento: tapar todo, victimizarse y hacer como hacen las ostras: abrazan la herida y la transforman en perla.

¿Optas por la tercera?

Sí.

¿Siempre?

No, lo tapé 20 años.

¿Cuál fue el clic, 20 años después?

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La crisis (socioeconómica de Argentina) de 2001. Tenía un negocio que había armado con mucho esfuerzo, estaba muy estresado, perdiendo todo por problemas económicos y ahí tuve mi primera pesadilla de la guerra.

¿Nunca habías soñado con nada de Malvinas?

No hasta entonces.

Comprobadísimo que uno no borra

No, sobre todo con cosas de estrés postraumático, aunque lo instintivo es taparlo. Pero hay que encararlo.

¿Qué soñaste?

Clarín

Que estaba en el pozo, con los muertos, con bombas que caían y dentro de la pesadilla suena un celular. Era el gerente del banco que me decía “Te cierro la cuenta: tienes demasiados cheques rebotados”. Me desperté gritando y ese día fui a terapia. Después clases de teatro, a correr, curas sanadores, me apoyé en gente generosa. Pero al final me di cuenta que las riendas las tenía yo, el control lo tenía que tener yo, al igual que en el pozo donde se tomaban decisiones para no morirnos.

Hasta 2001 pensabas que tenías el control

Claro, es más: había vuelto a las Islas en 2000 y estaba como agrandado, como “esto a mí no me afectó, yo enfrenté todo”.

¿Cómo diste con Sharon Mulkenbuhr (hija del matrimonio que habitaba la estancia Murrell, la granja kelper a la que entró)?

En mi primer viaje (2000), ella vivía en el pueblo. Fue impresionante el encuentro porque primero ella expresó toda su angustia, estaba todavía enojada con todo y me lo quería decir. La escuché en silencio y después le conté lo que yo sentí. Entendió que mis intenciones eran buenas y terminamos abrazándonos y tomando el té, e intercambiamos direcciones. Le conté que tenía el pulóver pero no lo había llevado en ese primer viaje.

Lo tenías enmarcado

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Un amigo lo había hecho, como quien enmarca una camiseta de fútbol.

Pero para tí no era un trofeo…

No, para nada. Era un recordatorio hermoso en un momento crucial de mi vida donde sentí una protección.

En la segunda visita, en 2006 Miguel devolvió el pulóver junto con una nota de agradecimiento. Lo recibió la hermana de Sharon, Lisa.

Miras para atrás, ¿te cuentas la historia diferente a medida que pasa el tiempo?

La historia es básicamente la misma pero le voy encontrando cada vez más mensajes de superación personal. El principal es lo que me pasó al regreso: yo entré en un estado que llamo “la euforia del sobreviviente”. Esos primeros días mi cuerpo estaba desnutrido (había perdido 20 kilos) y en un estado de euforia, de alegría de estar vivo. Me ponía el despertador temprano aunque no tuviera nada que hacer, sólo “para vivir”. Todo me emocionaba. Las cosas simples: la música, las visitas, el olor a pasto recién cortado. ¡Los colores de la tele!

¿Con qué te encontraste cuando empezó a apagarse eso?

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Cuando volví hicieron una fiesta en casa. Me preguntaban cosas como si había matado a alguien. Yo quería contar que había aprendido a escuchar, la importancia del contacto humano y la valoración de lo simple. Y me decían “bueno, tienes una vida, ahora mira para adelante”. Me querían proteger, pero yo quería contar. La gente no estaba preparada para escuchar. Entonces… ¿has visto la película “El naúfrago”, cuando vuelve de la isla y le hacen una fiesta? Bueno, exactamente igual, venía como Tom Hanks, en otra frecuencia. Me fui a la cocina y prendí la hornalla. Estaba oscuro. Estaba totalmente lúcido y con una fortaleza increíble. Y me decía a mí mismo “vas a tener que ser fuerte porque ellos no pueden entender la profundidad de lo que viviste”.

¿Tuviste contacto con soldados ingleses en estos años?

Sí, con Terry Peck, el papá de James -James nació en las Islas y es uno de los pocos solicitó la ciudadanía argentina-. El papá combatió contra nosotros, lo conocí en el primer viaje. Fue impresionante. Subimos juntos a los campos de batalla y teníamos algo en común que sólo los veteranos entienden. Mucha gente me pregunta cómo pude abrazarme con el enemigo. Y yo digo que era un ser humano que estuvo en el infierno conmigo. Es intrascendente de qué país era. Hicimos un brindis por los compañeros muertos. Fue decente. NI glorificado ni patriotero: decente. Nos encontramos en un lugar común donde nuestros países se habían enfrentado en una guerra estúpida.

¿Él estaba de acuerdo en que fue una guerra sin sentido?

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Totalmente.

¿Hablaron acerca de que ellos eran profesionales y del lado argentino había muchos jóvenes que ni siquiera habían aprendido a disparar un arma?

Sí, él no lo podía creer. La enorme diferencia. Ellos eran soldados de vocación, con mínimo cinco años de preparación. Nosotros éramos civiles recién salidos del colegio secundario, sin vocación. Sin entrenamiento. Y sin comida.

¿Qué cosa no entendiste aún a los 50 años?

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El patrioterismo, sigo sin entender a los belicistas de sofá, esos que opinan sobre guerras y construyen relatos históricos cuando no tienen ni idea de lo que se trató. Sigo sin entender a historiadores que dicen que los colimbas argentinos no fuimos víctimas. Y sí lo fuimos, pero decidimos no victimizarnos. No eran muchas las cosas que podíamos hacer, pero nos mantuvimos unidos y trabajamos intensamente para salir vivos de ahí. Cosas simples como dormir abrazados para no morir congelados. Sabíamos que no podíamos depender de nuestros jefes. Teníamos tres enemigos: el clima, los ingleses y nuestros jefes.

¿Qué cosa entendiste a los 50 años?

Partiendo de la euforia esa aprendí que las más importantes de la vida no son cosas. Porque cuando volví vi a la sociedad corriendo detrás de cosas materiales, sin tiempo para escuchar al otro, y a mí fue como si me hubieran tirado un baldazo de agua fría y me hubiesen despertado.

¿Qué significó ese pulóver?

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Sentí como estar de vuelta en casa. Sentí como si mi vieja me hubiese puesto un abrigo.

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