Una villana muy tierna

Escrito por equipo de redacción
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De vedette a Leonela, la mala de “El triunfo del amor” Mónica Ayos es cine, teatro, drama, comedia, dos hijos, un esposo y una mujer que sabe escucharse.

Una villana muy tierna
(Cortesía Mónica Ayos)

"Quiero envejecer como las buenas canciones, optar por ser un clásico y no un hit del momento".

— - Mónica Ayos

Hija de bailarines de tango, Mónica estuvo en el mundo del espectáculo argentino desde muy pequeña. Su exuberante cuerpo y carisma la llevaron a ser una de las figuras del teatro de revistas. Pero había mucho más que eso: detrás de ese físico seductor se hallaba una actriz en potencia. Entonces llegaron los papeles —y el reconocimiento— en televisión y cine. En 2006 el amor la hizo decidir. Su marido, Diego Olivera, se había transformado en una estrella de TV Azteca, y los viajes a México eran moneda corriente. Mónica decidió acompañarlo definitivamente, y gracias a eso conocimos a Leonela, la villana en “El triunfo del amor”.

¿Qué hechos marcaron las etapas de tu carrera?

El valor agregado a mi carrera es que arranqué de cero, por un camino que luego es difícil desandar, estigmatizada por tener buen cuerpo. Aunque había mucho más que eso y el tiempo me dio una mano para demostrarlo, logré no encasillarme. ¡Es una ardua tarea! Además de que elegí ser madre a mis 18 años. Creo que fui mi propia guía ya que en ese momento —casi post adolescencia— el hecho de no haber tenido un referente claro me obligó a tocar de oído. Viví con alegría toda mi etapa de revista, fue en la que se puso énfasis en mi cuerpo y acepté correr el riesgo, un poco tal vez porque en la infancia había sido "la gordita del grupo" y de alguna manera nivelaba mi autoestima, entonces, desdibujadísima. Durante años seguí viéndome como la gordita, que me ayudó a desarrollar otros encantos que no tenían que ver con la imagen: el humor. Yo era una gordita, sí... pero graciosa y con humor ácido. De la que primero me reí fue de mí y sigo haciéndolo. El clic en teatro se dio cuando Javier Faroni me propuso hacer la obra teatral de dos personajes “Casi un ángel”, en 2001. Luego vinieron más comedias hasta llegar a “Eva y Victoria” con Leonor Benedetto, dirigidas por China Zorrilla. También el primer éxito comercial de mi amigo, José María Muscari (venía del off), con “En la cama”; en televisión cuando Andrea Stivel me convocó para hacer “Chabonas” con Mariana Briski, Lidia Catalano y Florencia Peña; en cine, Sergio Renán me llamó para protagonizar junto a Luis Luque, Nicolás Cabre y China Zorrilla “Tres de corazones”. Evidentemente había una energía que le ganaba a lo obvio, así que me ocupé en desarrollar mis capacidades y formarme. Joy Morris fue una de mis maestras.

Has dicho: “mi faceta de actriz le ganó la pulseada a la de la vedette”. ¿Fue una pelea consciente?

Soy una convencida de que nada forzado puede ser duradero. El cambio interno venía desde 1999 y se manifestó en el afuera, en “mi envase” y en mi lugar para pararme en la vida cuando me sentí lista para hacerlo. Me miraba al espejo y no me encontraba. Algo estaba pidiendo expresarse; era mi actriz que claramente ganó. Lo genuino es imbatible, lo simulado muestra los hilos tarde o temprano. El público y los productores lo compraron y yo lo tenía adentro. Faltaba arriesgarme a pasar de un lugar privilegiado como primera vedette y cómoda en un espacio conocido a convertirme en actriz arrancando de cero y pagando el lógico derecho de piso. Los pingos se ven en la cancha; hablé poco y salí a jugar. Eso me permitió no distraerme y estar fuera del ojo de la tormenta y reservarme más. Logré estar más tranquila, para armar una familia y tener armonía y estabilidad. No siempre son compatibles la carrera y la familia. Es un trabajo diario mantener ese equilibrio y estar en eje. Sería "el arte de no derrapar" (risas).

Pasaste por comedia, drama y revista. ¿Tienen punto de conexión?

Una villana muy tierna
(Cortesía Mónica Ayos)

Entré en “el mapa” de la gente y de los productores de una forma que en ese momento de mi vida me pareció una puerta para avanzar. En 1995 estaba en Paparazzi, el programa de Jorge Rial, a la medianoche. Hacía a “la profe de cantos”, un sketch en vivo. La gente decía que era muy natural y espontánea, humilde y fresca. Yo no dejaba de sorprenderme, no tenía esa percepción de mí misma. Si toda esa gente opinaba lo mismo, yo debía retener y no dejar eso que transmitía. Aposté a mí y me convencí de que el talento era compatible con otras cualidades más frívolas. Nunca tuve un dedo acusador frente a la popularidad, ni prejuicio; supongo que tiene que ver con ser hija de artistas [sus padres eran bailarines de tango de la orquesta de Osvaldo Pugliese y luego de Mariano Mores]. Ellos recorrieron el mundo llevando la música ciudadana. Desde chica conocí el tango, la poesía, la actuación, el humor, los códigos hasta la interna de los elencos. Era un espacio donde mis padres se sentían realizados y un público al que yo quería llegar. Aunque el tango no era lo mío debuté a los 11 años bailando La Yumba, con el piano del maestro Pugliese. Fue mágico. El aplauso me llenaba de sensaciones encontradas; solo tenía que hallar mi camino: no lo olvido.

¿Qué pasa con los actores que quedan “marcados” por un papel que hicieron?

Se puede luchar contra el encasillamiento. Depende cuánta pasión le pongas y si necesitas demostrártelo, y si tu deseo de expresarte de otro modo te desborda. Depende de uno mismo; si miras mucho lo que quiere el afuera nunca conformarás a todos. No se puede gustarle a todo el mundo.

¿Por qué decidiste irte a México?

Una villana muy tierna
(Cortesía Mónica Ayos)

Cuando Diego (Olivera) protagonizó Montecristo en 2006, producido por TV Azteca, se transformó en una estrella en México. Televisa lo contrató y yo seguía en Buenos Aires trabajando en cine, teatro y tele. Siempre con trabajo superpuesto y a contrapelo de la articulación familiar. Cuando creímos que los viajes habían llegado a su fin y anclamos en Buenos Aires, llegó otra propuesta de Televisa, imposible de rechazar. Yo a punto de firmar para hacer “Un año para recordar” en televisión y “Ocho Mujeres” en teatro… frené a tiempo y decidí acompañarlo para que la familia se reencontrara desde el apoyo a lo maravilloso que le estaba ocurriendo en su carrera. El productor de Televisa había visto un capítulo de “Mujeres asesinas” (versión Argentina) en el que participé. Me ofreció un papel que se sumaba a la novela para interactuar con William Levy, Victoria Ruffo, Carmen Salinas y Maite Perroni. Fue un gran desafío y tuvo una recepción genial de la gente.

¿Qué aprendiste en esa etapa?

En esta profesión se aprende siempre. En esta jugada nueva para mí me di cuenta que arriesgarme habiendo hecho tantas cosas dispares me dio la chance de tener oficio para switchear de un género al otro sin quedar pegada. El hecho de entrar en Televisa, a una novela de horario central (la más vista de México) me dio la posibilidad de que mi cara de la noche a la mañana trascendiera. La proyección del mercado mexicano (meca de las telenovelas) abarca mucho más de lo que creía. Hoy recibo mensajes de Croacia, República Checa, España, Estados Unidos. También en Univisión la novela fue un éxito. ¡Fue traducida a muchos idiomas! Capitalizar esta experiencia y traducirla a evolución sería continuar con ese camino de crecimiento que vengo haciendo. Hoy no me desvela el aparecer solo para "estar", pero sí me desvela un buen trabajo. Me incentiva.

Sos Leonela, la mala en “Triunfo de amor”. ¿Cómo se siente?

Apasionante. Fue un personaje que me marcó en México: en la calle no soy Mónica, soy Leonela. Ella era alcohólica y asesina, fue genial poder componerla desde ese género difícil; el culebrón es más rígido y en las historias todo vale. Me divertía mucho porque mis parlamentos tenían cada tres frases un "Te mataré" ¡y a cada uno de los que se me cruzaba!

¿Qué malas de telenovela te gustaron mucho?

¡La mala de “Cuna de lobos”! No recuerdo su nombre, ¡la del parche en el ojo! Y Daniela Romo, que interpreta villanas de lujo. También Carina Zampini.

¿Qué personaje tienes pendiente?

Alguno de época, deseo algo que cuente otro tiempo. Algo épico.

¿Qué sabes hacer muy bien que no nos enteramos aún?

La psicología me apasiona, soy un bicho de terapia. Casi siempre le veo el truco al mago, sé como lo hace. Suelo verle los hilos a la gente, rara vez me equivoco. Tengo una percepción muy desarrollada que me ayudó a salir adelante y ponerle garra. La aplico a mi entorno, elijo buenas compañías y me alejo de los portadores de egos desmedidos. Con los años afiné la puntería. ¡También descubro mis propios hilos! Soy buena jugando al Scrabble y puedo calcular la hora sin mirar el reloj...me he equivocado por 2 o 3 minutos, pero casi siempre acierto. ¡Ah! También tengo “el dedo verde” (es cuando sos buena plantando, sembrando). Estoy horas con los guantes y la pala en mi pedacito de tierra. Mi lugar en el mundo es mi jardín.

¿Qué cosa no entendiste aún a los 38 años?

La muerte. Ver un cuerpo sin vida y no saber adonde se refugia el alma....extraño a mi papá. Se fue muy rápido. Murió en 2005, yo estaba en Mendoza haciendo teatro. Lo nuestro fue un total desencuentro, como el tango. "En el corso a contramano un grupi trampeo a Jesús, no te fíes ni de tu hermano, se te cuelgan de la cruz”.

¿Y qué cosa entendiste recién ahora, a los 38 años?

Una villana muy tierna
(Cortesía Mónica Ayos)

Que todo pasa, todo cambia y todo termina. Que la ansiedad y la desesperación solo te llevan a pararte en un lugar que bloquea el pensamiento claro. Que mi lema es evolucionar. Parar la pelota de ser necesario, pero nunca retroceder. Entendí que por mis hijos doy la vida. Federico (19) y Victoria (7) me conectan con mi mejor parte, aprendí el amor y mi ser incondicional para con ellos. Aprendí a ver con claridad que mi compañero de vida es un 10, que me apoya y la admiración es mutua. Que quiero envejecer como las buenas canciones, optar por ser un clásico y no un hit del momento. Y que debía soltar el pasado para recibir liviana al futuro y para eso le enseñé a mi niña interior a perdonar. Entendí que todo vuelve: es fantástico ver como la vida se encarga.

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